No estoy apta para escribir cosa alguna. La susceptibilidad no me ha dejado desde hace algunos días, o semanas, o meses, o años, o desde toda la vida. ¿Quién sabrá? Quizás desde que vi aquella imagen que me desconcertó, quizás desde que oí aquella canción, quizás desde que la respiración me dejó, quizás desde la vez primera en que fallecí o de la vez en que abofetearon mi corazón. Siguiendo síntomas di con que el no dormir realmente me desorientaba y era entonces que mis pensamientos comenzaban a divagar. Hoy dormí más de lo que he dormido en varias semanas (últimamente dormía menos de 5 horas), pero, aún así, mi cerebro no se halla estabilizado.
Ayer, después de semanas, fui a ver a mi sobrina y, entre broma en broma, me percaté que sí se parece a mí a su edad (o meses de nacida); entonces surgió que mi tía se puso a recordar cómo era yo de chica y dijo algo que yo no sabía. De pequeña pasaba bastante tiempo con mis tías. Un día, una de ellas me llevo a ver a mamá a su trabajo. En aquella ocasión, según dice mi tía- “Se emocionó tanto al ver a su mamá que convulsionó y cayó al suelo”. Había tenido fiebre y nadie se había percatado de ello. Tenía como dos años por ese entonces. Esa anécdota me hizo recordar a otra que me había contado mamá, pero que ocurrió cuando tenía menos edad.
Un día estaba mamá conmigo sola en casa, porque papá estaba de viaje. Ella estaba haciendo sus cosas, normalmente, hasta que de repente un ruido, en el cuarto, le hizo correr en mi búsqueda: me había caído de la cuna. Mamá estaba desesperada porque yo no reaccionaba y no sabía qué hacer. Solo rezaba y pedía para que yo estuviera bien.
Estos sucesos captaron mi atención porque ignoraba qué tan cerca estuve del fin a tan corta edad.
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