Ayer mi prima me contaba entre lágrimas que se salvó de un aparatoso accidente en la carretera. Ella iba en un taxi junto a dos tías rumbo a su casa, cuando de pronto una de mis tías sintió un bulto abajo del taxi. Esta se alarmó y le pidió al taxista que parase, pero no podía: el tronco de un árbol se había incrustado y este había perdido el control del vehículo. El auto se balanceaba de un lado al otro y parecía que se volcaría. Ellas gritaban entre lloros, le pedían al conductor que parase y oraban. Mi prima me dijo que le preocupaba que otro carro viniese intempestivamente y chocara contra el taxi, pero sobre todo le aterraba no volver a ver a su pequeña hija de ocho meses. Pedía: “Por favor, pare. Por favor, quiero volver a ver a mi hija”, ante lo cual solo atinó a tomar su celular y ver la foto que tenía de ella como fondo de pantalla. Gracias a Dios el taxista pudo parar el auto y sacar el tronco. Llegaron a casa a salvo, pero mi prima aún estaba afectada por lo sucedido. Cuando fui a visitarla y entré a su cuarto la encontré en su cama junto a su hija y con lágrimas en los ojos. “Solo quería ver a mi hija de nuevo”, me dijo. Fue una par de minutos o quizás menos, pero le pareció eterna esa situación.
En la madrugada no podía dormir, como de costumbre, y me puse a pensar en lo que le pasó e imaginarme en su lugar y entonces me vino una pregunta a la mente: Si estuvieras cerca a la muerte ¿quién sería la última persona en la que pensarías?
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